Ainhoa Fernández (cooperante española): “Pasé mucho miedo, pero conseguí que no me paralizara”

POSTED BY Maribel Ortells Badenes | Jul, 22, 2013 |

Es una superviviente. Vivió nueve meses secuestrada por Al Qaeda y, al cumplirse un año de su liberación, todavía tiene secuelas físicas y psíquicas. Pero no se rinde.

La experiencia de esta mujer me ha impactado tanto que no quiero que pase inadvertida y se olvide. Su forma de ver la vida te hace reflexionar sobre muchas cosas. Maribel.

Ainhoa Fernández fue secuestrada por Al Qaeda cuando trabajaba como cooperante en los campamentos saharauis. Todavía hoy, cuando se cumple un año de su liberación, sufre pesadillas, no ha logrado recuperar la masa muscular que perdió –se apoya en un bastón para andar– ni los 14 kilos que adelgazó a base de alimentarse casi exclusivamente de pasta y arroz durante los nueve meses que duró su secuestro. Su espacio vital era de un metro cuadrado, en el que dormía sobre una esterilla a la intemperie bajo la copa de un árbol, con frío, calor o lluvia. Este año, ha sido reconocida como una de las siete mujeres decisivas de la Comunidad de Madrid, pero ella no ve justificada su elección: “No entendía por qué me daban el premio, la cooperación es mi trabajo. Me veía muy pequeña al lado de las otras mujeres galardonadas”. No quiere ser reconocida por el secuestro, sino por su labor anterior: “Me gustaría que dierais más importancia a mi trabajo que al secuestro en sí. Soy algo más que una mujer a la que secuestró Al Qaeda. También existen los otros 32 años de mi vida en los que algo habré hecho, ¿no? El secuestro es una anécdota en la vida que me ha tocado, nada más”.

Mujer hoy. Lleva 18 años de voluntariado… toda una vida.

Ainhoa Fernández. Sí. A los 15 años ya sabía que quería dedicarme a ayudar a los demás, pero tuve que esperar a los 16 porque, en España, antes no te dejan.

P. Si hubiera nacido hace 50 años, ¿habría sido monja misionera?

R. Igual sí, seguramente. Mi idea era ir a África, pero tenía que prepararme antes para poder dar lo mejor de mí allí. Me licencié en Derecho porque era la carrera que mejor me podía servir para ser cooperante.

P. ¿Sigue queriendo cambiar el mundo con la misma ilusión?

R. Sí, porque sé que no voy a salvar a todos los niños, pero eso no quita para que haga bien mi trabajo. Moriré y la gente seguirá pasando hambre, pero algún día esto cambiará. No veré la obra terminada, pero intento dejar al que viene detrás un camino ya andado. Solo de hambre, se mueren cada día 6.000 menores de cinco años. Ojalá que, cuando me muera yo, sean 5.000.

P. ¿Qué le hizo decidirse por la cooperación?

R. No es una decisión, es mucho más, un deber: he nacido ser humano y soy responsable del resto de los seres humanos en la medida que puedo. El sentido común me dice que tengo que servir a los demás.

P. ¿Cuesta renunciar a una vida cómoda y resuelta?

R. Un poco, hasta que te amoldas. Luego no extrañas no tener luz ni agua corriente, te acostumbras a las duchas frías y a hervir el agua antes de beberla. Todo eso se vuelve cotidiano.

P. ¿Se puede vivir de esto?

R. Vivir, sí; pero no creas que te vas a hacer rico, si es que eso es lo que pretendes en la vida…

P. ¿Qué le parece que haya gente que pide un crédito para implantarse pelo o para ponerse unos pechos estupendos?

R. No puedo perder el tiempo juzgando las actuaciones de los demás. He aprendido a no hacer juicios de valor. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie? En África la gente también tiene sus complejillos, aunque son diferentes porque es otra cultura. Aquí se quiere adelgazar y allí hay sitios donde toman pastillas para engordar, porque el canon de belleza es una mujer gorda a la que asocian con buenos alimentos y prosperidad para los hijos. Si pasar por el quirófano le va a hacer tener una vida más plena, y por ello ser más útil socialmente, me parece bien. Otra cosa es que uno anteponga su aspecto físico a todo lo demás. Creo que hay límites.

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P. ¿Contra qué se rebela?

R. No me rebelo, yo lucho por cambiar las cosas. No consigo nada rebelándome ni protestando. No iría a la Puerta del Sol a manifestarme, mi forma de rebelarme es trabajando desde abajo. Si quiero un cambio, lo que me planteo es trabajar por él.

P. ¿Sabe que hay quien se ofrece como voluntario en verano para viajar gratis?

R. Esto me molesta bastante, mucha gente nos ve a nosotros también así y la ignorancia es muy atrevida. Se creen que vamos por la vida buscando emociones nuevas, a mí me lo han llegado a decir. Hay gente que va en plan turismo y vuelve diciendo que allí deberían tener menos hijos, hacer las cosas de otra manera… Lo que no entienden es que en estos países hay una cultura y unas costumbres que tienen que respetar y unos ritmos de vida que ellos no pueden juzgar. Yo no puedo juzgar que una madre de 10 hijos, ante una situación de hambruna, deje morir a dos para alimentar a los demás.

P. ¿Qué otras cosas ha visto?

R. Hay mucha “gente de papá” que se aburre y cree que es una buena experiencia pasar un tiempo en África, o mandan a los hijos que no estudian para que sepan lo que es la vida, y esto no es así. Me da mucha rabia que nuestro trabajo se frivolice y sea tan desconocido.

P. ¿Le parece mal que una persona en paro se plantee la posibilidad de ser útil en otros países a través del voluntariado?

R. Si están bien preparados para hacer el trabajo que les encomienden, me parece bien; si lo que están es huyendo del paro, no. Tú tienes que ser productivo, no te puedes convertir en una molestia, en una dificultad más, añadida a las que ya tienen allí. No hay que ir solo a aprender, sino a enseñar, y para eso hay que formarse antes. Yo les animaría a que hicieran primero voluntariado aquí, en España. No se trata de ir a Camerún a dar de comer a un niño, porque los niños tienen manos y pueden comer solos si tienen comida.

P. ¿Los cooperantes sobre el terreno pasan hambre?

R. No, hay que ser responsable porque si no te alimentas bien no puedes trabajar. Comemos los productos que hay en cada sitio, lo que ocurre es que el dinero que a nosotros nos dan, sin ser mucho, allí se multiplica porque su moneda es mucho más baja. Con eso compramos lo que necesitamos. Ir allí a pasar las mismas necesidades no serviría de nada.

P. ¿Le parece bien que se invite a famosos a visitar esos países?

R. Bien utilizada, es una herramienta maravillosa porque tienen una proyección enorme. Pero tienen que dar una visión real, explicar la necesidad real y despertar la responsabilidad de todos. Ahora bien, si van a utilizarnos a los demás en beneficio de su imagen… pues eso no, claro.

P. Nuestra historia pasada hace que nos sintamos muy cerca del Sahara. Hay actores, como Willy Toledo, Javier Bardem…

R. [Cambia el gesto y me interrumpe] Bueno, bueno… a mí lo que estas personas dicen no me gusta mucho, porque no dicen la verdad o la desconocen. En la gala de los Goya, por ejemplo, Bardem dijo que en el Sahara no había escuelas ni hospitales, y los hay. De hecho, la gente que está donando medicamentos o que ha ayudado a construir y mantener hospitales se quedará muy sorprendida al escucharle decir que no hay nada de aquello para lo que contribuyen. La gente puede creer que la estamos engañando.

 P. El hambre primero mata la inocencia de los niños; luego, su alegría y, al final, su cuerpo. Cuenta que ha visto a muchos niños morir de hambre… ¿Cómo se vive con eso?

R. Tienes que hacerte fuerte y seguir tu trabajo, de nada sirve llorar con la madre que ha perdido a su hijo. Hay niños que te clavan la mirada como diciéndote: “¡Eh, haz tu parte!”.

P. ¿Qué es lo más impactante que le ha dicho un niño?

R. “¡Mamá!”. Había un huérfano que empezaba a andar y me llamaba así. Me lo hubiese traído, pero una tiene que ser consciente de que donde mejor está es con su pueblo y con su gente.

P. ¡O no!, si hay tantas necesidades y no tiene familia…

R. Ese niño tenía la suerte de estar en un orfanato donde lo alimentaban y le daban educación.

P. ¿Ve una suerte criarse en un orfanato?

R. Si está bien cuidado, sí. Yo creo que los países necesitan gente joven para prosperar y él iba a salir adelante en el suyo.

P. No siempre prosperan. Muchos de los niños que han entrado en su vida se han ido para siempre.

R. ¡Es lo que hay! Al final, te acostumbras a levantarte e ir a ver el registro del día para saber cuántos han fallecido, cuántos han ingresado… esto es así.

P. Y de pronto un día se convierte, junto con otros dos cooperantes, en víctima de un secuestro para obtener un rescate.

R. Bueno, dinero u otra cosa, porque yo no sé lo que pretendían. En los campamentos saharauis nunca había pasado nada así. Cuando oí los ruidos y vi lo que estaba ocurriendo lo primero que hice fue dar el aviso por teléfono y esconderme. Había que actuar rápido. Intuía que me iban a secuestrar porque sabía que me habían visto, era cuestión de minutos que vinieran a por mí.

P. ¿Saber que está en manos de Al Qaeda, es para echarse a temblar?

R. Se te pasan por la cabeza mil cosas. Yo intenté entender el razonamiento que seguían, su comportamiento… Hasta me dieron un Corán y lo leí. Pero es muy complicado discutir con ellos porque están en otro plano intelectual muy diferente. Cuando te dicen que esto lo hacen por Alá y que esto ocurre porque Dios quiere, ya no tienes nada más que discutir. Ojalá pudiera entender por qué actúan así, porque a veces no lo saben ni ellos. Supongo que no hay un solo motivo, es todo muy complejo.

P. ¿Hubo malos tratos, físicos o psicológicos?

R. El hecho de secuestrarte ya es un maltrato físico y psicológico, ¿no? Nos daban de comer lo justo para sobrevivir, cada 10 días nos lavábamos la ropa que teníamos, que era la misma que ellos usaban… y poco más.

P. Los llevaron al norte de Malí y allí vivieron nueve meses…

R. ¡A la intemperie! Calor durante el día, frío por la noche, y luego viene la época de sirocos y tormentas, la época de calor a 55 grados… Estuvimos los tres secuestrados juntos tres meses, luego nos separaron. A Enric (Gonyalons), el mallorquín, se lo llevaron y nos quedamos la italiana (Rossella Urru) y yo.

P. ¿Qué fue más duro: las condiciones en las que vivían o sentirse sin libertad en manos de unos fanáticos?

R. Pues no lo sé, las dos cosas. Vivía en un metro cuadrado de espacio y había días que no soportaba estar así, pero procuraba mantener la mente fría. Si no podía cambiar la situación, porque no estaba en mi mano, tenía que ver la mejor manera de resistir para poder salir sin volverme loca. Me buscaba rutinas y tenía claro que, cuanto menos pensara que eso era una injusticia, menos rabia acumulaba y menos mal me hacía mí misma. El hecho de ser cooperante ya te da unas herramientas para defenderte mentalmente.

P. ¿Pensó que podía morir?

R. No es que lo llegues a pensar, es que era una realidad. Yo soy muy pragmática y sabía que esa posibilidad estaba ahí. Intentaba controlar la situación para que, si me pasaba, no me pillara de sorpresa. Contemplaba todas las situaciones posibles para ir organizando bien mi cabeza.

P. ¿Se llega a controlar el miedo?

R. Sí, pasé mucho miedo y aprendí a convivir con él para que no me paralizara.

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P. ¿Se planteó si era ético pagar con dinero público su liberación y financiar así la actividad terrorista?

R. Es complicado, al final el instinto de supervivencia te puede. Pero, como esa decisión tampoco estaba en mi mano, lo que me planteaba era: sea lo que sea, bien hecho estará. Pensaba que si se negociaba y me salvaba estaba bien; y que si se había decidido no negociar… pues mala suerte porque me había tocado a mí.

P. En momentos así, ¿tener una creencia religiosa ayuda?

R. A mí, personalmente, sí; pero no tanto para aguantar la situación como para encontrarle un sentido a las cosas.

P. ¿Explotó de emoción cuando se enteró de que la liberaban?

R. No, solo pensé: “¡Ya está, siguiente paso!”. Todo era cuestión de subirse al helicóptero y salir de allí… ¡De vuelta a casa!

P. Parece frágil y sensible, pero es usted un témpano calculador.

R. Cuando has llevado una vida dura, aprendes a ser muy pragmática. No hay remedio. La misma vida te enseña a serlo.

P. Y cuando por fin aterriza en Torrejón de Ardoz, ¿qué?

Pues eso, llegas, te reciben y te vas a casa.

P. ¿Así da por finiquitado “un mal sueño” y cierra una etapa?

R. Sí, y ya vendrá la siguiente. No puedes estar desperdiciando vida, dedicándote a tirar de lo que te ha pasado.

P. Un año después, ¿se encuentra bien psicólogicamente?

R. No del todo, secuelas siempre te quedan: miedos, inseguridad, pesadillas… Supongo que estas cosas se trabajan y con el tiempo se me quitarán. Y si no, tendré que aprender a convivir con ellas.

P. ¿De dónde saca tanta fuerza mental?

R. No es fuerza, es que no te queda otra: es lo que hay, y yo trabajo con la realidad.

P. ¿Y cómo está físicamente?

R. Recuperándome cada día. He tenido que eliminar parásitos intestinales, voy a rehabilitación para recuperar masa muscular…

P. ¿Por qué se apoya en un bastón para andar?

R. Al principio, porque las piernas no me ayudaban mucho; ahora, porque la espalda se me carga y no aguanta que esté muchas horas de pie. Es cuestión de tiempo que me recupere físicamente. Y ya está.

P. ¿Mantiene contacto con la gente que conoció en África?

R. Algunas veces, a través del correo electrónico. En Navidad, por ejemplo, mando felicitaciones a las monjitas y ellas me cuentan cómo va el hospital; pero soy consciente de que no puedo arrastrar a toda la gente que conozco a lo largo de mi vida.

P. Y ocuparse de su vida personal, ¿para cuándo lo deja?

R. ¡Ya la tengo! Me ha costado años, pero ya tengo novio, es ingeniero y lo conocí en el Sáhara. Fue allí para hacer un sistema de saneamiento de aguas, pero ahora trabaja aquí en una empresa privada. Nos vamos a casar en septiembre.

P. Después de lo vivido, ¿quiere volver a África?

R. Todavía no lo sé.

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